eva01 ¿Cuantas Buenas Obras son necesarias para ser Salvo?

En este folleto por David Boanerge, examina porque no somos salvos por obras. 1) El portarse bien no es garantía de irse al cielo. 2) Para Dios, nuestras buenas obras son basura 3) Nuestras buenas obras en realidad son malas, 4) yo no soy un pecador – Falso 5) la Salvación es por fe, no obras.

¿Cuantas Buenas Obras son necesarias para ser Salvo?
Cuando ni siquiera el infinito es suficiente

[eva01] Por David Boanerge

©2006 www.folletosytratados.com

¿Qué pesa más, una tonelada de oro o una tonelada de basura? Ésta es en realidad una pregunta capciosa, ya que ambas cosas pesan igual. Sin embargo por alguna razón tendemos a considerar que el oro pesa más que la basura, es decir, le asignamos un valor que NO posee porque de alguna manera nos parece que es “más valioso”.

Algo parecido sucede con las buenas obras. La mayor parte de las personas piensa que es necesario hacer buenas obras para ser salvos, de hecho muchas personas tienen la falsa idea de que su salvación depende de la cantidad de buenas obras que haya hecho, lo cual entra en contradicción con lo que la Palabra de Dios dice al respecto.



Píenselo por un momento: ¿Cuántas buenas obras cree usted que sean necesarias para permitirle la entrada al Cielo? ¿Cien? ¿Mil? ¿Un millón? La Biblia dice que ni todas las buenas obras del universo son suficientes para que un pecador pueda entrar en el Cielo.




El problema de las buenas obras: Portarse bien no es garantía de irse al Cielo

Muchas personas están convencidas de que si hacen muchas buenas obras aquí en la Tierra, eso les garantizará un lugar en el Cielo cuando mueran. Desafortunadamente eso no es cierto. La pregunta clave aquí es ¿Cuántas buenas obras son necesarias para ser salvo? Lo cierto es que ni todas las buenas obras del mundo pueden salvar a un pecador, porque no hay una buena obra lo suficientemente grande como para que pueda quitar el pecado. Sólo la sangre puede cubrir el pecado “y sin derramamiento de sangre no se hace remisión (de pecados)” (Hebreos 9:22b). El problema es que no cualquier tipo de sangre puede quitar el pecado. La sangre de los animales no lo puede quitar (Hebreos 10:4), sólo la sangre de el Hijo de Dios puede hacerlo: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1ª Juan 1:7b).

Seguramente usted objetará que sus buenas obras deben contar para algo, que de alguna manera son necesarias para su salvación. En realidad, Dios nos va a dar el pago por nuestras obras: “Y tuya, oh Señor, es la misericordia; porque tú pagas a cada uno conforme a su obra” (Salmo 62:12); el problema es que hasta las que consideramos como buenas obras para Dios en realidad no lo son. En Mateo 23, Jesucristo advierte a los que lo escuchan respecto a los fariseos. Éstos creían ser hombres religiosos que cumplían la Voluntad de Dios y hacían buenas obras, pero Jesucristo nos ordenó que no imitáramos sus supuestas buenas obras, porque en realidad eran desagradables para Dios.




Para Dios, nuestras “buenas obras” son basura

El hecho de que creamos estar actuando bien, no quiere decir que en realidad lo estemos haciendo. En un momento dado, lo que a nosotros nos puede parecer una excelente buena obra, para Dios seguramente no lo será: “Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15).

En ese sentido, no importa lo que nosotros podamos pensar respecto a nuestras buenas obras. Si a Dios nuestras buenas obras le parecen basura, entonces podemos tener la seguridad de que en realidad lo son: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Isaías 64:6). Inclusive lo que ha nosotros nos parece moralmente justo y éticamente correcto, para Dios es una cosa sucia, como un trapo inmundo, con el cual no se puede limpiar ningún pecado y mucho menos justificar a ningún ser humano.




Admitámoslo: Nuestras buenas obras en realidad son malas

Debemos reconocer que en el fondo muchas de las buenas obras que creemos hacer, en realidad no son motivadas por un deseo de agradar a Dios, sino que tienen una motivación menos noble. ¿Cuántas veces le hemos dado algo a alguien por obtener alguna cosa o esperar que esa persona nos devuelva el favor? ¿Cuántas veces hemos puesto algunas monedas en la mano de un mendigo sólo para acallar nuestra conciencia por ser más afortunados o porque alguien nos está viendo? ¿Cuántas veces hemos visto una necesidad real y sencillamente hemos cerrado nuestros ojos? Ahora bien, si nuestras buenas obras son malas, ¿entonces qué serán nuestras malas obras? Es precisamente por esto que muchas personas no se acercan a Dios: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo [Jesucristo], y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:19,20).




Otra falsa idea: “Yo no soy un pecador”

Muchas personas no admiten que son pecadoras, ya que para ellos el concepto de pecado es un acto atroz, como asesinar a alguien, asaltar un banco o secuestrar a un niño. Sin embargo, para Dios el pecado es pecado, y aunque no robemos o asesinemos, por el simple hecho de pensar mal de alguien o decir alguna mentira, eso es equivalente, a los ojos de Dios, a haber cometido todos los pecados posibles: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10).

La Biblia es muy clara al respecto: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20). ¿Usted conoce a alguien que jamás haya mentido, que jamás haya deseado algo malo, que jamás haya tenido un mal pensamiento? Seguramente no. Por eso la Palabra de Dios dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Todos hemos pecado en algún momento y seguramente lo volveremos a hacer, por eso, al decir que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso (1ª Juan 1:10) y nos engañamos a nosotros mismos (1ª Juan 1:8).

El problema es que la consecuencia del pecado es la muerte: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23), así que ni todas las buenas obras del mundo pueden evitar la consecuencia de nuestro pecado, es decir, la muerte (separación eterna de Dios).




La salvación es por fe, no por obras

En realidad, Dios tenía un plan para salvarnos de nuestros pecados, pero en su infinita sabiduría no le plació que fuera por las obras, sino por la fe: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4,5). Ninguna buena obra puede justificarnos de nuestro pecado delante de Dios, ya que para Dios lo que justifica al pecador es única y exclusivamente la fe: “Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él [Dios]; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:20,28). Ahora bien, Dios no quería que tuviéramos una fe abstracta, porque se puede tener fe en uno mismo, fe en las buenas obras o fe en la misma fe. La fe que Dios quería que tuviéramos era fe en Su Hijo Unigénito: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16). Para Dios, lo único que puede justificar a un pecador es la fe que éste deposite en la persona de Cristo Jesús y su obra redentora en la cruz; además existe una razón por la que Dios no quiso que nos salváramos por nuestras buenas obras, ya que fue Su Voluntad darnos la salvación como un inmerecido regalo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8,9). En efecto, si la salvación dependiera de nuestras buenas obras, ya no sería un regalo y además habría algunos que se gloriarían por ser tan buenos (es decir, por creerse merecedores de la salvación). No lo olvidemos, la salvación es un regalo que Dios pone a nuestro alcance por medio de la fe y no por nuestras buenas obras.




Nuestras “buenas obras” no pueden ni podrán salvarnos

Volvamos al ejemplo de la tonelada de basura y la tonelada de oro. Si las colocáramos en una balanza, ambas cosas pesarían igual. En realidad eso no significa que la balanza esté descompuesta o que no se pueda comparar el oro con la basura. En un sentido espiritual, lo que nos parece tan valioso como el oro (las buenas obras), es igualmente despreciable a los ojos de Dios como si se tratara de basura. La balanza no está mal, nosotros somos los que estamos equivocados. Dios no miente, nosotros somos los que nos engañamos a nosotros mismos. Esto sólo puede significar una cosa, que nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos por muchas buenas obras que hagamos, sino que es Dios el único que puede salvarnos por su misericordia: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).

“[Dios] Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2ª Timoteo 1:9).




Solo Jesucristo puede salvarnos

Afortunadamente, Dios ya nos ha mostrado el camino: “Bueno y recto es Jehová; por tanto el enseñará a los pecadores el camino” (Salmo 25:8). Lo cierto es que para Dios las buenas obras que podamos hacer no cuentan para nuestra salvación, ya que sólo podemos encontrar salvación en Cristo Jesús: “[…] Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:8b-11). “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).

No depositemos la seguridad de nuestra salvación en nuestras obras, sino en la fe en Cristo Jesús para que un día podamos escuchar lo mismo que otros escucharon de los labios de Nuestro Señor Jesucristo: “Tu fe te ha salvado” (Marcos 5:34; 10:52; Lucas 17:19).




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